Por encima de nuestras posibilidades

Como parte del cambio de enfoque que pretendemos darle a la web, tenemos intención de mostraros cualquier artículo relacionado con el atletismo popular que nos haya llamado la atención y que nos gustaría compartir.

Un ejemplo de ello es este artículo publicado en la Revista Contexto por Esteban Ordóñez sobre el caso de la atleta popular japonesa de 19 años Rei Iida, quien completó los últimos 300 metros de su posta en el popular maratón por relevos Princesa Ekiden de rodillas, tras fracturarse una pierna durante la carrera.

El texto de @estebanOrdnz reflexiona lucidamente sobre si realmente merece la pena dejarse la piel, literal en este caso, por ser un triunfador honorífico que nunca ganará nada pero al que le supone una recompensa el sufrimiento realizado en el empeño.

El enlace directo para darles visitas y el texto integro:

Las rodillas de Rei Lida han dado la vuelta al mundo. Es una corredora japonesa que se cayó en su tramo de relevo, se fracturó una pierna y continuó el trayecto gateando. Al terminar, la sangre chorreaba por sus espinillas. La pobre agachaba la cabeza para sufrir, como si no quisiera que las cámaras retrataran su dolor así, sin movimiento, separado del marco teatral de la competición. La escena se viralizó en la red, llegó a los informativos.

La llamaron heroína: la alabaron con todo el campo semántico de la palabra, y también con todas sus derivadas aplicables a la economía: entrega, lucha, esfuerzo, sacrificio, etcétera. 

En realidad, la épica de la tortura autoinfligida duró poco, un par de cientos de metros: el frame, el asfalto, el gateo, la camiseta de competición. Pero para el ciclo de vida del dolor, el momento de su producción –que es donde interviene la decisión humana, el relato, la moral– es puramente anecdótico; a él lo mismo le da si fue producto de la voluntad o de un accidente: su único significado es tratar de doler menos al día siguiente. No se me ocurre forma de viralizar esto.

En este caso, la épica es todavía menor. El responsable del equipo había decidido abandonar. Ella no lo sabía. La meta se esfumó, se estaba desollando por nada. Pero eso no limitó el aplauso del público (ni lo convirtió en cabreo contra la organización), porque en este mundo de la imagen, no es la nobleza de la causa la que define la medida del sacrificio, sino al revés: el sacrificio, en función de su atractivo, enaltece más o menos la causa.

Un amigo maratonero me habló de la curva de la Verdad. Era una carrera no profesional y participaba gente motivada por encima de sus posibilidades. A unos cuantos cientos de metros de la salida, en una curva, se encontró a decenas de participantes agarrados a una valla y vomitando hasta la oblea de la primera comunión. No sabemos exactamente si todos esos que retorcían su sistema digestivo eran, también, héroes. Algo me dice que la sangre sí, pero la bilis no… Quiero decir: hay fluidos glamurosos y otros como que no.

Pero la cosa, y es lo que venía a decir, es que uno, a veces, aunque sepa que nunca conseguirá algo, cree que sufrir por el camino le hará, al menos, triunfador honorífico, y que eso supondrá alguna recompensa. 

Sabían, ellos, los que saben y organizan la economía, la sociedad, el poder, el mundo; sabían, digo, que tarde o temprano, nos acabaríamos percatando de que es imposible ganar y que dejaríamos de intentarlo; lo sabían y decidieron que la meta mayor, el éxito, fuera eso: intentarlo, dejarse la piel, no llegar o llegar habiendo perdido medio cuerpo. Y nos gustó tanto que nos pasamos la vida no llegando y pensando que al día siguiente quizá sí, con un poquito más de esfuerzo. Y el día siguiente terminará y nos dejará también un regusto de cosa incumplida y un poco de miedo al insomnio, que es, al final, el miedo a no poder descansar nunca.

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